«Acto IV»: cuando «nila» vuelve a la tierra y cierra un viaje de más de una década

Hay discos que nacen para ser escuchados. Otros, para ser habitados.

El pasado 3 de junio, «nila» publicó Acto IV, el EP que completa la tetralogía Formas, una obra concebida como un viaje elemental donde cada capítulo representa una fuerza esencial de la existencia. Primero fue el fuego. Después el agua. Más tarde el aire. Ahora llega la tierra: el lugar al que siempre se vuelve después de atravesar la tormenta.

Pero Acto IV no es simplemente un nuevo lanzamiento. Es el cierre de una búsqueda artística que lleva años escribiéndose en silencio. Un rompecabezas cuyos fragmentos fueron apareciendo poco a poco hasta completar la imagen final de Formas, el primer gran universo conceptual de «nila».

Como sucede con los viajes verdaderamente transformadores, el final no apunta hacia adelante: mira hacia atrás.

Las cuatro canciones que integran el EP funcionan como una especie de arqueología emocional. Cada una pertenece a distintos momentos creativos de la artista: “Dormida en el tal vez” nació en 2013; “Timbre!” en 2016; “Punto” en 2022; mientras que “Formas” representa una creación más reciente. Juntas construyen una línea temporal que revela cómo las canciones pueden sobrevivir a los años, cambiar de piel y encontrar finalmente el lugar que estaban destinadas a ocupar.

Hay algo profundamente contracultural en ese gesto. En una época obsesionada con la inmediatez, Acto IV reivindica el tiempo lento. El valor de conservar una idea durante años hasta que encuentre su forma definitiva. La paciencia como acto creativo.

El centro espiritual de la obra aparece en “Punto”, la canción que cierra tanto el EP como todo el recorrido de Formas. Allí emerge una de las ideas fundacionales del proyecto «nila»: la inspiración tomada de la artista japonesa Yayoi Kusama y su célebre reflexión sobre la existencia como una suma infinita de puntos.

“Yo soy otro punto en el mundo.”

A partir de esa imagen nace la papahuata, símbolo identitario de «nila»: una representación de aquello que parece pequeño e insignificante, pero que al mismo tiempo resulta único, irrepetible y esencial. Somos apenas un punto más dentro de un universo inmenso. Sin embargo, ninguno ocupa exactamente el mismo lugar.

Esa filosofía atraviesa toda la obra.

Si el fuego del primer acto representaba el resurgir, la chispa inicial y la voluntad de avanzar, la tierra de este último capítulo simboliza el regreso. No como una derrota ni como una vuelta al punto de partida, sino como la llegada de quien ya atravesó todos los estados posibles. La tierra aparece entonces como refugio, raíz y reconciliación.

Musicalmente, Acto IV reúne sensibilidades diversas que enriquecen el paisaje sonoro de la obra. Participan Abigail González en violín y voces, Delfina Sancho en coros, Juanchi Bisio —de La Chancha Muda— en guitarras acústicas y slide guitar, Pehuén Innocenti en Hammond y Franco Durante aportando guitarras en “Punto”.

Pero más allá de los nombres y los créditos, lo que atraviesa el disco es una búsqueda de honestidad.

La música de «nila» parece construida desde la tensión entre dos mundos: aquel de los primeros demos grabados en sótanos y el de estudios emblemáticos como Panda o incluso Abbey Road. Dos escenarios opuestos que, lejos de anularse, conviven como parte de una misma identidad. Lo artesanal y lo universal. Lo íntimo y lo expansivo.

Esa dualidad se percibe en cada canción. Samples, guitarras, teclados y voces se convierten en herramientas para narrar una experiencia profundamente humana. Hay melancolía, pero también movimiento. Hay recuerdos ásperos y momentos luminosos. Literatura, caminos recorridos y otros que todavía esperan ser transitados.

Quizás por eso Formas termina encontrando su sentido en la sencillez.

Después de cuatro elementos, cuatro actos y más de una década de canciones acumulando significado, «nila» llega a una conclusión que parece tan simple como poderosa: el arte no existe para ofrecer respuestas definitivas, sino para acompañar el recorrido.

Y toda travesía, por extensa que sea, necesita un lugar donde descansar.

Para «nila», ese lugar es la tierra.

Pero más allá de los nombres y los créditos, lo que atraviesa el disco es una búsqueda de honestidad.