Habla despacio. Piensa antes de responder. Y cuando responde, rara vez lo hace para explicar una canción. Prefiere hablar del tiempo, de los símbolos y de esas emociones que todavía no encuentran una palabra capaz de contenerlas. En una industria donde todo parece medirse por la velocidad —el próximo lanzamiento, el algoritmo, la inmediatez—, «nila» propone exactamente lo contrario.
Su obra más reciente, Formas, no se presenta como un simple EP. Es el capítulo final de un universo construido alrededor de los cuatro elementos, una exploración donde cada canción parece ocupar el lugar de un símbolo más que el de una confesión. Algunas de ellas comenzaron a escribirse hace casi veinte años. No porque hubieran quedado olvidadas, sino porque —según él— todavía no estaban listas para existir.
Hay una idea que atraviesa todo Formas: el tiempo no aparece como un obstáculo, sino como una herramienta creativa.
¿En qué momento comprendiste que algunas canciones simplemente necesitan esperar?
Vivimos obsesionados con terminar las cosas. Con publicar, con cerrar procesos. Pero hay obras que todavía siguen transformándose mientras nosotros cambiamos. Algunas canciones que aparecen en Formas las escribí hace muchos años y, sin embargo, recién ahora encontré la manera de escucharlas de verdad. No estuvieron guardadas. Estuvieron esperando. Creo que las canciones también maduran, al igual que las personas.
Durante la charla, «nila» evita hablar del disco como un objeto cerrado. Cada respuesta parece abrir una puerta hacia otra pregunta. No habla de un lanzamiento, sino de un recorrido donde cada símbolo cumple una función dentro de un sistema mucho más amplio.
En lugar de construir un álbum tradicional decidiste dividir la obra en cuatro elementos. ¿Qué encontraste en esa estructura que una colección de canciones no podía ofrecer?
Es que las emociones tampoco aparecen de forma aislada. Siempre están dialogando entre sí. Los cuatro elementos no representan paisajes ni fuerzas de la naturaleza; representan estados internos. Cada uno es una manera distinta de atravesar una transformación. Necesitaba que las canciones convivieran dentro de un universo donde pudieran conversar entre ellas, incluso cuando el oyente no las escucha en orden.
Hay un símbolo que aparece una y otra vez durante la conversación: la Papahuata. Lejos de ofrecer una definición cerrada, «nila» la describe como si fuera un lenguaje en construcción.
Mucha gente quiere saber qué significa exactamente la Papahuata, pero quizás la pregunta más interesante sea otra: ¿por qué sentiste la necesidad de crear un símbolo propio?
Porque hay emociones que llegan antes que las palabras. A veces necesitamos una imagen para empezar a entender lo que sentimos. La Papahuata nació desde ese lugar. No quería explicar una emoción; quería darle una forma para que otras personas pudieran habitarla desde su propia experiencia. Cuando un símbolo funciona, deja de pertenecer al artista y empieza a transformarse con quien lo mira.
En distintos momentos de la entrevista aparece otro nombre inesperado: Yayoi Kusama. No como una referencia estética, sino como una influencia filosófica.
¿Qué descubriste en Yayoi Kusama que terminó modificando tu manera de escribir música?
El concepto del Punto. Esa idea de que algo aparentemente mínimo puede contener un universo entero. Me hizo pensar que una canción también puede funcionar así: como un punto de entrada hacia algo mucho más grande. Desde entonces empecé a confiar más en los símbolos que en las explicaciones. Sentí que no hacía falta responder todas las preguntas; algunas obras crecen justamente en el espacio que dejan abierto.
La conversación inevitablemente llega a Abbey Road Studios, aunque «nila» esquiva la anécdota fácil. No habla del estudio como un lugar mítico, sino como una experiencia íntima.
Muchos artistas cuentan cómo fue la experiencia en Abbey Road. Vos preferís hablar de lo que pasó después. ¿Qué cambió en vos cuando terminó esa experiencia?
Entendí que ningún lugar hace una obra por sí solo. Abbey Road tiene una historia inmensa, claro, pero lo verdaderamente importante fue descubrir que seguía haciéndome las mismas preguntas de siempre. Salí con más dudas que certezas, y eso me pareció una buena señal. Una obra no existe para responder preguntas; existe para acompañarnos mientras aprendemos a convivir con ellas.
Cuando la conversación termina queda la sensación de que Formas apenas empieza. Que las canciones son apenas una parte visible de un universo donde el tiempo, el silencio y los símbolos funcionan como materia prima. «nila» no parece interesado en explicar cada detalle de su obra. Prefiere dejar algunas puertas abiertas.
“Hay emociones que todavía no tienen nombre. Y mientras eso siga siendo cierto, voy a seguir escribiendo.”
“Creo que tenemos una idea equivocada sobre cuándo nace una canción. Pensamos que nace el día que la escribimos, pero muchas veces nace cuando finalmente estamos preparados para entenderla.”

