SINGLE: Abril Sosa + Catriel Ciavarella, juntos

“Berlín” es el nombre del último lanzamiento de Abril Sosa. Se trata de un single que ya se puede escuchar en plataformas y que no sólo tiene como co-protagonista a Catriel Ciavarella (baterista de Divididos) sino que incluye, además, cita de Jorge Luis Borges.

Abril le escribe a Catriel. “Te quiero preguntar algo”, le dice, y le propone ser el protagonista de su nuevo video. Catriel dice que sí y le habla de un galpón disponible en la fábrica de su papá. “Puedo llevar la batería en el auto”, le comenta; “está cerca de casa”. Abril siente una inmensa gratitud y se lo hace saber: Catriel Ciavarella, uno de los bateristas más estéticos, poderosos e hipnóticos de la Argentina, protagonizando su video. Catriel le responde que la gratitud es mutua. De eso se trata la amistad, piensa Abril mientras cuelga el teléfono.

Matías Moltrasio, director de cine y publicista con quién Abril trabajó años atrás en algunos videos de Cuentos Borgeanos y con quien mantiene una gran amistad, prepara la cámara, rechequea la dirección en Google Maps y mete en el bolso todo lo necesario, incluyendo una remera de Eraserhead de David Lynch. Le dice a Juani, co-director del video, que le va a proponer a Catriel usarla para la filmación. Catriel la usa.

Cuando Mati y Abril se plantearon hacer un video minimalista, donde no existiera un guion y el protagonismo recayera por completo en la canción y en la fuerza incontrolable de Catriel tocando la batería, hablaron de blanco y negro, de referencias al cine alemán, y de concebir lo estético como un recurso expresivo y no como una vidriera mercantilista. El resultado de la charla, un videoclip lineal, mántrico, rítmico, desnudo.

“Me echaron los berretas, comiéndose las flores, alimentar rencores no te hace feliz”. La letra de Berlín la escribió Abril algunos años atrás, cuando lo echaron de lo que había sido su primer proyecto musical, su banda de toda la vida. Ahora, al mirar el video, la frase se redimensiona: lo que es berreta se pone hediondo, las flores se marchitan y se pudren, pero las canciones se transforman en un símbolo, en un espejo de las verdades propias y de las ajenas.

En un mundo metacomunicativo, contaminado de información, de imágenes, de palabras e ideas —donde la estupidez y la genialidad humana se fusionan al mismo tiempo y desde las mismas premisas, y donde las manifestaciones artísticas solo pueden ser visibles si un arsenal de bichos del marketing y una bolsa cargada de dinero así lo disponen—, apostar al arte es, cuanto menos, un acto suntuoso y feliz.

“… poesía para aparentar, los años te pegaron mal y ahora, tu fuego te devora otra vez”.