El músico brasileño protagonizó dos conciertos memorables, como parte de una programación que desplegó su diversidad con la chilena Elizabeth Morris, el folclore disidente de La Ferni, el universo urbano del local Tobi Dolezor y el abordaje particular del tango que propuso el Daniel Ruggiero Cuarteto.
En su primera visita a la ciudad, el músico brasileño Hamilton de Holanda deslumbró y dejó una marca imborrable en la segunda jornada del Festival Internacional de Música de Bariloche, organizado por la Secretaría de Cultura de Río Negro, con un repertorio que atravesó una amplia variedad de géneros, del choro al jazz, con pasajes de impronta afro, pincelazos de samba, aires orientales y un particular abordaje del universo piazzoleano.
Acompañado por Salomão Soares en teclados y Thiago “Big” Rabello en batería, el músico carioca, referente indiscutido del bandolím, pariente cercanísimo de la mandolina aunque dueño de un sonido propio, desplegó todo su virtuosismo para repasar en buena medida su trabajo discográfico más reciente, NOVA, que acaba de recibir una nominación al Latin Grammy 2026 como Mejor Álbum Instrumental.
Música sin palabras: en tiempos en los que la literalidad parece imponerse casi sobre todo, toda una declaración de principios. Música que no necesita explicar qué quiere decir porque encuentra sus significados en el sonido, en el diálogo y en la extraordinaria comunicación que a lo largo de cada presentación se estableció entre los artistas y el público.
Porque si bien es cierto que Hamilton lleva naturalmente su instrumento al centro de la escena, jamás reclama todo el espacio para sí, y su discurso nunca cae en el terreno del monólogo. Al contrario, en escena Soares y Rabello no funcionan como acompañantes sino como vértices de un triángulo en permanente movimiento.
En ese marco, las convenciones del jazz, cierto sonido eléctrico de los años 70, la potencia de lo tribal y la tradición brasileña conviven dentro de un mismo territorio sin necesidad pasaportes, y los ecos de eso llamado jazz rock, fruto de algunas elecciones sonoras de Soares reforzadas por la presencia del Moog, o las referencias al universo de Egberto Gismonti que por momentos impregnaron la atmósfera del teatro La Baita duraron apenas lo suficiente para reconocerlas antes de que el trío volviera a desplazarse hacia otro lugar.
Entonces, a lo largo de ambos conciertos, las miradas entre los músicos se llenaron de señales para emprender un nuevo desafío conjunto de llevar cada composición a su mejor interpretación, premiada cada una con un aplauso que a medida que transcurrió la lista de temas, que abrió con Saudades do Rio, una pieza de 2011, para luego ingresar en el mundo de NOVA con Nova alvorada en versión instrumental.
Un arpegio podía abrir inesperadamente un camino hacia la samba; las palmas y la batería podían construir una base sobre la que el teclado dejaba de cumplir su función habitual para transformarse casi en percusión, mientras Rabello conseguía que la batería asumiera, por momentos, la tarea de proponer la melodía. En ese intercambio permanente las funciones parecían poder invertirse sin que la música perdiera nunca su dirección.
Después de Afro Choro, Hamilton contó que durante la pandemia llegó a componer 366 piezas, una por cada día de 2020, bajo la idea de que cada jornada representa un nuevo comienzo, intro de la cautivante Todo Dia É Um Recomeço, terreno fértil, una vez más, para el lucimiento de cada uno de los integrantes del trío.
Frio lá fora, incluida en NOVA, cambió nuevamente el paisaje: un sonido gélido, de pulso lento, casi cinematográfico. Más adelante, los aires orientales de Mono no aware volvieron a desplazar el horizonte sonoro, antes de que a solas con su instrumento, Hamilton tendiera un puente explícito hacia la Argentina, anécdota de por medio sobre su ingreso al universo piazzoleano, con una deliciosa versión de Oblivion, que propuso un abordaje alternativo de la música del genio marplatense. Una “apropiación” tan respetuosa como profundamente personal.
El cierre llegó con Flying Chicken, marcado por un enrevesado y frenético despliegue de recursos técnicos al lado de sus instrumentos de los integrantes del trío, que dejaron al público sin aliento, pero con la energía suficiente para despedir de pie a los artistas, con una interminable ovación. Para quienes asistieron al segundo turno, hubo un regalo final, Mantra da Criação, un bis que extendió por unos minutos más un encuentro que nadie parecía demasiado dispuesto a terminar.
Otros sonidos, otros escenarios
Mientras Hamilton convertía La Baita en el territorio de su universo instrumental, el FIMBA desplegaba simultáneamente otras músicas por la ciudad. Esa amplitud forma parte de la identidad de una edición que reúne 25 conciertos en seis escenarios y propone recorrer desde el folclore y el tango hasta el jazz, el folclore, el reggae, la música académica o, simplemente, eso que llamamos ni más ni menos “la canción”.
Precisamente, en el auditorio de Puerto San Carlos, y en el marco de los showcases del Mercado de Música Patagónico, la chilena Elizabeth Morris puso en primer plano el oficio de la canción. “Busco un timón en el viento que me guíe”, cantó de Hacia otro mar, mientras las montañas nevadas y el atardecer cayendo sobre siempre bello lago Nahuel Huapi completaban, detrás del escenario, una escenografía ideal.
Enseguida, Realidad circular fue una nueva oportunidad para sentirse acariciados por la voz de la cantautora transandina, cuya escritura dialoga en Décimas con una tradición latinoamericana en la que resuena inevitablemente Violeta Parra, habitante perenne de la canción de raíz que encuentra en Morris una mirada contemporánea con la que convivió en una presentación dominada por la intimidad que cerró con una celebrada versión de su bella Darte luz.
Acto seguido, guitarra en mano, La Ferni tomó el centro de la escena para demostrar una vez más hasta qué punto las etiquetas pueden resultar insuficientes. “Frío, hace mucho frío, que no puedo más que arder”, cantó, del recordado Gabo Ferro, con contrastes vocales que pasan del remanso al estallido sin escalas, merced a su potencia vocal.
Se suele hablar de “folclore disidente” para describir su propuesta. Tal vez alcance con decir folclore. Ni más ni menos. Una tradición que permanece viva justamente porque puede incorporar nuevas experiencias, nuevas identidades y nuevas maneras de contar, entre otras cosas, el amor.
Después, El toque del pibe, otra de las canciones que integran el primer lanzamiento discográfico de la artista, Mirarse en otros ojos, y enseguida Esa musiquita, de Teresa Parodi, convocó al público al canto compartido. Antes de dar espacio al local Tobi Dolezor, para el cierre del primer showcase del Mercado de Música Patagónico.
Mientras tanto, en la Biblioteca Sarmiento el Daniel Ruggiero Cuarteto llevó el tango hacia territorios menos transitados que los habituales. Con Ruggiero en bandoneón, acompañado por Adrián Mastrocola en piano, Emilio Longo en contrabajo y Facundo “Negri” en batería, planteó desde el comienzo una pregunta que también atraviesa al FIMBA: qué sucede cuando una música se permite correr sus límites, si es que eso existe.
En Locura tanguera, de su padre Osvaldo, y en su propia Madera blanda, el bandoneón buscó espacios nuevos mientras la batería trazaba caminos paralelos. Cuando llegó Piazzolla, el juego se hizo todavía más evidente. Todo, respaldado por el andamiaje sonoro construido por el trío que acompaña al bandoneonista.
Así, en Tanguedia, la batería parecía abrir espacios de vacío en los que bandoneón se abismaba hasta encontrar nuevamente su curso, imprimiéndole a la obra una textura distinta a la habitual. Con el contrabajo tomando la iniciativa y los platillos convirtiéndose en protagonistas inesperados, una vez más, las funciones tradicionales quedaban suspendidas.
Nada que sorprenda, en el marco del FIMBA. Pero que, paradójicamente, no deja de sorprender.
Lo que viene
Este viernes 18, la tercera jornada del FIMBA volverá a cambiar el paisaje sonoro de Bariloche con propuestas que irán de las guitarras al tango y de la formación de jóvenes músicos a la música coral.
The League of Crafty Guitarists, formación surgida del universo creativo de Robert Fripp, será una de las protagonistas del día con dos presentaciones, a las 17.30 y 20.30 en el Teatro La Baita, junto a la Camerata de la Orquesta Filarmónica de Río Negro.
A las 19, The Camarada Tango Quartet llevará al Campus de Artes y Música Bariloche (CAMBA) su mirada contemporánea sobre un género que, después de Piazzolla, sigue encontrando nuevos territorios para explorar. Media hora más tarde, a las 19.30 en Puerto San Carlos, será el turno de la Camerata Juvenil Municipal de Bariloche, dirigida por Mariano Videla, poniendo en primer plano a una nueva generación de músicos de la ciudad.
El cierre llegará a las 21.30 en la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi, con el Coro Polifónico Nacional, dirigido por Fernando Tomé, y la voz humana como protagonista de un espacio cuya acústica promete convertirse, una vez más, en parte de la música.

