Una de las grandes novelas del western: Incidente en el Ox-Bow

Con traducción de Márgara Averbach.

La editorial Palmeras Salvajes edita, como novedad para la Feria del Libro, Incidente en el Ox-Bow, de Walter Van Tilburg Clark. Publicada originalmente en 1940, es una de las grandes obras del western y aborda todos los temas populares del género que fueron ampliamente difundidos por el cine de Hollywood a lo largo del siglo XX.

La novela transcurre en un pueblo de Nevada, Estados Unidos, alrededor de 1880. Ante un supuesto robo de ganado, los hombres deciden organizarse para encontrar a los culpables y hacer justicia por mano propia. Una historia sobre un linchamiento, que pone en entredicho la naturaleza desatada del Viejo Oeste, la construcción de la masculinidad y el rol de la mujer, el uso de las armas y la violencia, y en última instancia, la moral.

Los temas que se articulan en esta obra permiten repensar qué significa llevar la ley y el orden a los últimos territorios de la gran expansión, y cómo se organizan los valores éticos de una sociedad con la noción de justicia.

Como afirma el autor Simón Soto en la contratapa, esta novela es “una historia trepidante en su acción y compleja en sus temas y en su perspectiva moral”.

Al igual que el western clásico, pone de relieve “la tensa relación entre los seres humanos y la barbarie que los habita y constituye”, con un estilo marcado por “la precisión y economía de los diálogos, la belleza expresiva de las descripciones y la sofisticada composición de los personajes”.

Sobre el autor
Walter Van Tilburg Clark
nació en 1909, en East Orlando, Maine, Estados Unidos, y transcurrió su infancia y juventud en Reno, Nevada. En 1931 obtuvo su maestría con una tesis sobre el autor Robinson Jeffers, cuyos poemas, que exploran la belleza natural y agreste en contraste con la degradación moral y espiritual del hombre moderno, se convirtieron en una gran influencia para el autor.

A lo largo de su vida, Clark trabajó como profesor en la Universidad de Montana y en la Universidad de Nevada. En 1932 publicó su primer libro de poemas, Ten Women in Gale´s House and Shorter Poems y varios cuentos más, que le valieron cinco premios O. Henry entre 1941 y 1945. The Ox-Bow Incident (1940) es su primera novela y ganó notoriedad casi al instante por su trabajo de reinterpretación y reelaboración de las convenciones populares del western, y se convirtió en una obra fundamental del género.

En 1943 se estrenó su magnífica adaptación cinematográfica, dirigida por William A. Wellman y protagonizada por Henry Fonda, Dana Andrews y Anthony Quinn. Su trabajo como escritor se completa con las novelas The City of Trembling Leaves (1945), The Track of the Cat (1949) y el libro de relatos The Watchful Gods and Other Stories (1950). Murió en 1971 en Virginia City, Nevada.

Fragmentos de la obra
“En la sombra de la montaña, sentimos que teníamos que apurarnos; era bastante tarde. Seguimos al trote hasta alcanzar la curva tras la cual se abría el paso sobre nosotros. Ahí, el camino se empinaba mucho desde el principio y tuvimos que aminorar la marcha. El sendero suave de la pradera se convirtió en un camino de montaña, duro y lleno de piedras, con grava suelta y surcos profundos cavados por el agua, pero ya secos. Los caballos tropezaban y hacían ruido con los cascos, trepando con un ritmo claro, lento, entrecortado. A los costados del camino, que seguía húmedo por las filtraciones del agua, el barro ya se iba endureciendo con el frío de la noche.

Detrás de nosotros, Sparks empezó con uno de sus himnos. Nos llegaba en fragmentos solitarios que traspasaban los sonidos de los caballos y del arroyo que corría más abajo, a la derecha. Cuando oí esa voz por primera vez, vi que el joven Tetley temblaba y se inclinaba un poco, escondiendo la cabeza entre los hombros. Pero tal vez fuera solo el viento, que absorbía el aire rápido y con gran fuerza en esta parte estrecha. Miré hacia atrás, a Sparks. Nadie cabalgaba con él y él se aferraba al cuello del caballo con los brazos y al cuerpo con las largas piernas, para no resbalarse por las ancas. Pero no era consciente de sus problemas: pensaba en otra cosa. Detrás de él, venían Davies, los dos hijos de Bartlett, Moore y Gil, que cabalgaban juntos, y dos hombres que yo no conocía, excepto por el hecho de que uno de ellos había estado jugando al póquer en la mesa trasera de la taberna de Canby. Creo que miré hacia atrás para evitar observar demasiado al joven Tetley. Pero finalmente volví a mirarlo. Cabalgaba con soltura, pero demasiado encorvado para ser vaquero. Era un tipo flaco, de aspecto muy joven. En esa luz, tenía la cara de un color pálido, con ojos como dos grandes sombras. El pelo negro le caía en cascada sobre el cuello de la camisa. Antes, a la luz del día, yo ya había notado lo pesado y brillante que era ese pelo, como si le hubieran puesto aceite. Parecía solitario y desdichado. Y yo sabía que no me conocía”.

“—¿Alguna vez escuchó a un hombre contarle a otro los sueños que tuvo? ¿Esos que lo hicieron transpirar y temblar en la cama como si algo lo acechara, para despertarse gimiendo de miedo? ¿Le pasó eso alguna vez?
—Pero ¿qué quiere? ¿Que todo el mundo salga corriendo a contar sus sueños como hacen los chicos? ¿O que una mujer ande contando las veces que suspiró y jadeó en sueños por un amante con el que no estaba casada? Por Dios.
—No —siguió balbuceando él—, usted no quiere eso y nunca va a quererlo.
—Claro que no.

El óvalo blanco de la cara se volvió hacia mí una vez más. —Usted es como el resto —se enfureció—. Usted también tuvo sueños así y bien sabe que los tuvo. Todos hemos tenido esos sueños. En nuestro corazón, sabemos que son verdaderos, más reales que cualquier cosa que tengamos para decir, más verdaderos que cualquier cosa que hagamos. Pero no podemos contarlos, no podemos mostrar nuestras debilidades, por miedo a que la manada nos salte al cuello. —Después de un momento, como si estuviera hablando para sí mismo pero de manera que yo pudiera oírlo, añadió—: Incluso en los sueños, lo peor es la manada; la manada es lo que nunca vemos del todo pero sentimos acercarse como una nube, como una sombra, como una niebla que lleva nuestra muerte dentro. Son los espías de la manada que siempre se esconden detrás de la siguiente columna de los templos y palacios en los que soñamos que estamos y que nos miran pasar. Están detrás de los árboles en los bosques negros con los que soñamos; detrás de las rocas enormes en las montañas que soñamos escalar; detrás de las ventanas de la plaza de cada ciudad vacía en la que entramos en sueños. Todos los oímos respirar; todos huimos aullando de miedo ante la manada que nos embiste desde alguna parte. Todos nos despertamos por la noche y nos quedamos ahí temblando y transpirando y mirando la oscuridad en el terror más absoluto con la idea de que van a volver. ”Pero no lo contamos, ¿verdad? —me desafió. Y agregó con rapidez—: No, y tampoco queremos escuchar a otro que sí quiera hacerlo. No porque tengamos miedo por esa persona. No, tenemos miedo de que nuestra propia mirada nos delate. Tenemos miedo de que, si nos quedamos sentados oyendo eso y mirando al que lo cuenta, vamos a dejar que la manada sepa que nuestras almas también lo hicieron, que corrieron descalzas, jadeando aterradas, tropezando en la nieve del claro de los bosques negros, con la manada detrás acechando en las sombras. Eso es lo que nos da náuseas cuando oímos que alguien admite sentir miedo o lujuria, o incluso enojo, cualquiera de las cosas que haría que la manada creyera que somos débiles o peligrosos. Furioso, desafiante, volvió el rostro directamente hacia mí. —Eso es lo que le da náuseas a usted ahora: oírme decirlo. Eso es lo que lo vuelve a usted tan superior y frío y tranquilo, mierda. —Se le quebró la voz y yo pensé que iba a llorar—. Está escondiendo la verdad, es eso solamente… Y la esconde incluso de usted mismo. A mí se me crispaban las manos, pero no dije nada. Entonces, el chico habló con algo más de tranquilidad: —Usted cree que estoy loco, ¿cierto? Decir la verdad siempre parece una locura. No nos gusta, no queremos admitir lo que somos. Así que estoy loco”.

“—No sé qué piensan ustedes, pero yo ya estoy harto de estos robos. ¿Tenemos o no derechos como hombres y ganaderos? Sabemos lo que es Tyler. Si esperamos a Tyler o a cualquier hombre como él —agregó, mirando a Osgood con rabia—, si esperamos, les aseguro que para cuando consigamos justicia no va a quedar ni una cabeza de ganado en los campos. —Hizo hincapié en la palabra “justicia” con un tono de burla y desprecio. Luego volvió a alzar la voz—: Por otra parte, ¿de qué justicia hablamos? ¿Es justo que transpiremos hasta la enfermedad y la muerte, cada maldito día del año, para ganar apenas un puñado de dólares honestos? ¿Y que después nos los arrebate así como así un sudaca una noche cualquiera, porque al juez Tyler, bajo la autoridad de Dios, se le ocurre que tenemos que esperar cruzados de brazos a que se haga justicia eterna? Si esperamos la clase de justicia que dictamina Tyler, en un año seremos mendigos.

”Además, ¿qué fue lo que atrajo a los ladrones a este valle? Este no es lugar para ladrones. Yo les voy a decir qué los atrajo. La justicia del juez Tyler, eso es lo que los trajo hasta aquí. En Texas ya no se sientan a esperar esa clase de justicia, ¿verdad? No, claro que no. Saben bien que pueden ocuparse de un ladrón de ganado más rápido de lo que esos cuervos de abogados se llevan el dinero al buche en una sala de juicio. Simplemente salen a buscarlo, lo atrapan y lo cuelgan. En San Francisco, ya no se sientan a esperar esa clase de justicia, ¿verdad? Por supuesto que no. Saben que son capaces de encontrar al estafador mejor que cualquiera de esos jueces corruptos que se llenan los bolsillos con sobornos. El Comité de Vigilancia sirve para algo… Y no tardan medio año en empezar el juicio, como ocurre en ciertos lugares”.

Sobre la editorial
Palmeras Salvajes
es una editorial fundada en Buenos Aires, que publica textos de ficción y no ficción de impronta angloamericana e inglesa. Su catálogo abarca traducciones nuevas y actualizadas de autores clásicos y contemporáneos, a partir de una cuidadosa curaduría y un diseño editorial de calidad.
Busca abordar una pluralidad de voces narrativas que permitan repensar la relación entre pasado y presente, y el vínculo que se establece entre las literaturas nacionales y regionales del mundo literario.
Antes de Incidente en el Ox-Bow, de Walter Van Tilburg Clark, publicó Risa negra, de Sherwood Anderson, Tres vidas, de Gertrude Stein y Pálido caballo, pálido jinete, de Katherine Anne Porter. Las siguientes publicaciones serán Invierno en la sangre, de James Welch y La isla mágica, de William Seabrook.