Menos distorsión y más sutilezas. Laberinto, el disco más popular de La Trampa, por primera vez en vinilo.

En agosto de 2002 nadie pudo apagar la mecha que venía encendida desde el inicio del año, y así estalló una crisis económica, social y política en Uruguay. Al mismo tiempo, se editaba el disco Caída libre, de La Trampa, que por los recovecos de sus riffs y melodías desprendía el aroma de la situación que se sufría, confirmado en sus letras, ya sea en plan metafórico, como en la canción que le dio nombre, o más literal, como en la que abría el álbum, “Santa Rosa” (“te vas, no aguantás el Uruguay que no cambia más”), que no en vano empieza con el sonido de un avión que despega.

Las guitarras y la pluma de Garo Arakelian, la voz de Alejandro Spuntone, el bajo de Carlos Ráfols y la batería de Álvaro Pintos habían llegado a la cumbre del estilo de La Trampa, con una pata en el rock distorsionado y riffero, y otra en la música de raíz rioplatense (como en la milonga eléctrica “Luna de marzo”), superando lo hecho en los discos Calaveras (1997) y Resurrección (1999). En 2003 se empezó a retroalimentar una movida de rock uruguayo que tuvo como mojón el primer festival Pilsen Rock, en Durazno. A fines de ese año, La Trampa consolidó su estatus como banda a tener muy en cuenta con Frente a frente, su primer disco en vivo, demostrando la fuerza que desprendía sobre el escenario.

La banda terminó de ganarse una base sólida de seguidores, que agitaban sus banderas, mostraban sus remeras y -lo más importante- coreaban sus canciones.
Al pensar en el siguiente paso discográfico, lo lógico, en términos popularidad, hubiera sido ir a lo seguro y despacharse con un Caída libre II, tratar de repetir las fórmulas que funcionaban. Pero, a impulso del siempre inquieto Arakelian, el grupo dio un giro copernicano y encaró por terrenos que todavía no había explorado. Para empezar, por primera vez trabajó con un productor, nada menos que con Fernando Cabrera.

El resultado fue el álbum Laberinto, un disco de 12 canciones publicado en noviembre de 2005, que en su gran mayoría significaron un quiebre con lo que venía haciendo la banda, tanto por la música como por las letras. De allí salieron canciones que hasta hoy suenan en todos lados y que en la teoría era improbable que se convirtieran en éxitos, pero quizás justamente por esa ruptura con “lo que debe ser” una canción de rock uruguayo es porque trascendieron.

“Las décimas” es un gran ejemplo, una canción que, como ya avisa su nombre, tiene estrofas de diez versos octosílabos con una estructura fija de rimas, un dispositivo totalmente ajeno al rock y directamente ligado al folclore. En ella se unen los dos mundos para dar vida a un manifiesto y al nombre del álbum: “Es mi guitarra la clave / de este sutil laberinto, / y por más que pienses distinto, / solo con ella se sale”, canta Spuntone, y Arakelian, escapando de los ataques rítmicos más clásicos y estructurados del hard rock, hace que su guitarra eléctrica entreteja melodías por toda la canción y también haga silencio (“y cuando incluso callar, / pa no llamar la atención”), en un juego con la dinámica que tiene una influencia obvia de Cabrera.

Pero quizás el éxito más improbable de Laberinto, por una mezcla que a priori resultaba todavía más inédita para el rock uruguayo, fue “El poeta dice la verdad”, cuya letra es el poema homónimo del español Federico García Lorca, que Arakelian musicalizó en una tarde de inspiración afiebrada.

El poema pertenece a los Sonetos del amor oscuro, que Lorca terminó de escribir en 1936, pocos meses antes de ser asesinado. Fueron editados póstumamente, recién en 1984, y forman parte de su poesía homoerótica. “Que lo que no me des y no te pida / será para la muerte que no deja / ni sombra por la carne estremecida”.

En el terreno de la música de raíz rioplatense en el disco germinó la canción “Sin piel”, una milonga con una intro de guitarra que desliza destellos armónicos casi como un teclado, y con la voz de Spuntone más íntima y sentida, para rematarla con el melodioso solo limpio de Arakelian, porque no todo es furia rockera.

Por los rincones del Laberinto también nos topamos con “Ronda de lenguas”, con un pulso rítmico folclórico, con brisas de vidala -género del noroeste argentino-. Y también hay raíces de otros lugares, como la atmósfera armónica armenia de “Los ojos de Mariam” que desprende el riff de esa canción.

Laberinto hizo todavía más popular a La Trampa, que lo presentó con tres fechas en el Teatro de Verano en marzo de 2006, y se convirtió en el disco más vendido del grupo. Hoy “El poeta dice la verdad” es la canción más escuchada de la banda en Spotify y, junto con las otras canciones del álbum, merecían una edición en vinilo como la que acaba de editar el sello Bizarro, para conmemorar sus dos décadas, y sentir los matices, las texturas de la guitarra eléctrica limpia y perderse -y encontrarse- por los surcos del Laberinto.

Por Ignacio Martínez