Andrés Suárez ha titulado su décimo álbum con una palabra cargada de simbolismo y belleza: Lúa, «luna» en gallego. En este caso, se trata de una luna negra que representa la larga travesía emocional que realizó desde la oscuridad hasta encontrar la luz. Este trabajo nació de un momento doloroso de su vida y, al mismo tiempo, de un proceso de sanación con el que logró renacer, como cuando brotan las flores de la jacaranda en México con la llegada de la primavera. Llegó el cambio de luna, el amor, un nuevo comienzo. De todo ello construye el que, seguramente, sea el trabajo más rico de su carrera: a caballo entre el músico de ayer, el de hoy y el que mira al futuro con la ilusión recién encendida.
Lúa narra ese viaje del desamor al amor y cobra aún más sentido cuando se escucha de principio a fin, como quien lee un libro, recorriendo una historia llena de contrastes emocionales y musicales. Comienza con el corazón en mil pedazos y termina con el corazón latiendo de nuevo. Con el objetivo de enfatizar cada estado, juega con la paleta sonora y la instrumentación. En la producción y los arreglos cuenta con Alfonso Pérez, Peter Walsh en algunas canciones y Ricky Falkner en otras. Grabado principalmente entre Estudio Moraima, La Casa Murada y Estudio Uno, con los músicos tocando simultáneamente para capturar la magia del directo. Está presente ese sonido de banda, influencias latinoamericanas, aunque también hay un regreso a su pasado sonoro, con temas que ponen el peso en su vieja guitarra, en la madera, y se alejan de cualquier programación electrónica. Aquí hay canción de autor, baladas, pop-rock e incluso una bachata —una novedad en su discografía—.
Las seis primeras canciones parten de la herida, del despecho, la rabia y el dolor. Su voz, con la que juega más que nunca, parece llorar en algunos momentos: se quiebra, duele. Las siguientes nacen de un enamoramiento inesperado en México, país que se ha convertido en un pilar esencial para él. Destilan amor, erotismo, esperanza, respeto o fiesta. Su canto se dulcifica y celebra, lleno de luz.
En este disco, como suele ser habitual en su trayectoria, son importantes los viajes que alimentan su pluma. Las referencias geográficas enmarcan las historias: de Galicia a Cabo de Gata (Almería) o México. En esta ocasión, cobran una fuerza especial los aeropuertos, donde sucede algo tan antagónico y profundo como un reencuentro o una despedida, y que el músico gallego convierte en canción. En total, doce temas conforman el álbum, y muchas otras canciones —fruto de un momento de inspiración especialmente fértil— aguardan en la maleta para futuros viajes.
Las doce lunas de LÚA
Arranca con “Durmiendo con su enemiga”, que habla del autoengaño y de las relaciones dañinas, de dormir con quienes, en realidad, son nuestros peores enemigos.
“San José, Almería” nos lleva a Cabo de Gata, el refugio —físico y metafórico— donde Andrés encontró consuelo en el paisaje, la amistad y en una noche de pasión que queda inmortalizada para siempre.
“Cuánto daría”, primer sencillo, reflexiona sobre los celos patológicos, una enfermedad sin salida, según el autor. Expresa con elegancia y sin ira lo que supone vivirlos.
“Náutico” está dedicada al templo de la música en directo de San Vicente do Mar, situado a los pies de la playa gallega de A Barrosa (Pontevedra), y a su dueño, Miguel de la Cierva, por tantas noches felices vividas allí. En concreto, relata una velada eterna e inolvidable, con una sonoridad muy Los Rodríguez y guiños a Latinoamérica. En su voz hay risa, cafeína y vino.
En “Elena”, que musicalmente conecta con etapas anteriores de su carrera, hace autocrítica de su pasado, pide perdón y dice adiós a un gran amor desde el agradecimiento.
“Seríamos reyes” habla de otra persona querida del pasado, con la que vivió intensamente todos los elementos oscuros de la vida nocturna y con la que se bebió, literalmente, el mundo. Sus vidas se alejaron para no quemarse juntos. Tiempo después se reencontraron y ya no eran los mismos. Ella recordaría en un mensaje: “Tú, que prometiste que íbamos a ser reyes, ¿dónde está el palacio?”
“Tu equipaje” recoge, con el peso de la percusión y la guitarra, ese remolino de sentimientos que experimentamos en los aeropuertos, cuando llega la persona amada, se disfruta y haríamos lo imposible para no volver a despedirla nunca. Llega la luz al disco: la voz suena azucarada, cargada de esperanza.
“Jacaranda” lleva el nombre del árbol favorito de “C” —la inicial de un nuevo amor— en México. Es una de sus favoritas musicalmente, grabada solo con piano y voz, en una toma, entre lágrimas y abrazos.
Pero “C” tiene su propia canción de amor cargada de verdad, una bachata, que llega a continuación, porque fue el faro en mitad del naufragio. Con reminiscencias a Juan Luis Guerra, uno de los grandes referentes del artista, aunque cantada con el alma de una balada.
“Habitación 517” narra una historia real en un hotel: una noche de conexión intensa con una mujer que resultó estar casada. Un homenaje sincero a un amor imposible y a las personas que se cruzan en nuestro camino, aunque no permanezcan.
En “Lleva a México, mi amor”, luce su vieja guitarra para dibujar el desgarro de la despedida del amor que marcha a 11.500 kilómetros de distancia. En un aeropuerto resonó la poderosa frase: “Lleva a México, mi amor”, al país que siente como una segunda casa y que inspirará próximamente un documental.
“Recuérdame”, la última canción, con ecos de Abbey Road y matices latinoamericanos, narra otra despedida real. Ese “recuérdame” surgió espontáneamente en una mezcla de vulnerabilidad y ternura. Marca el cierre del ciclo: del dolor al amor.
La “Lúa” de Andrés Suárez atraviesa la noche más larga y, al otro lado, encuentra el amanecer. Una luna que, como la de Federico García Lorca, no solo alumbra: también vigila, inspira y sangra. Este disco es un espejo en el que todos, de algún modo, nos vemos reflejados. Sus canciones nos recuerdan que la lúa negra no dura para siempre y que volverá a florecer, como cada primavera, la flor de la jacaranda.

