Menos de un año ha tardado en publicar su segundo álbum: Bravo LaHoz 2, que, aunque con diferencias significativas, bien podría entenderse como una continuación de su primer trabajo, y su apuesta por un proyecto personal que mantiene marcado carácter independiente, huyendo de encasillamientos y formulas preestablecidas, fruto de la autogestión y el absoluto control de su trabajo. El nuevo LP lo componen 9 canciones, grabadas íntegramente por Antonio Horrillo en Anti Estudio en Fuenlabrada; ciudad donde el artista vivió más de 20 años, y que ha ejercido una importante influencia para la creación de la obra.

Comparte con su anterior disco la construcción de las piezas en base a textos recogidos en los diarios personales del artista, que contienen reproducciones de sesiones oníricas y evocaciones manipuladas de la realidad, como los que podemos encontrar en “La canción de la fuente”, “Vísperas de San Esteban”; poesía de corte informalista en “una más” o autocompasivos intentos de definición personal, que tienen algo de declaración de intenciones en “maldito”. Relatos que se mueven entre lo real y lo surrealista, contados en primera persona por los diferentes personajes que construyen una identidad contradictoria, y sumida en una absurda complejidad para abordar los problemas sencillos de una vida acomodaticia, enfadados con el mundo por su incapacidad infantil para afrontar la realidad; y como no, pinceladas de crítica social marca de la casa.

Volvemos a encontrarnos con un conjunto heterogéneo en estilo y sonido; desde el Post-Folk de la introducción: “el parque”, al Art-Rock con estructuras complejas en la última pista “un mundo nuevo”; conviven de guitarras acústicas y eléctricas, baterías y bases programadas, sintetizadores y armónicas, que fraguan en diferentes formatos e hibridaciones de estilos (Rock con Electro “luz de gas”, Folk con Noise-Rock “la canción de la fuente”, Ritual Ambient con Blues “Síndrome de adivino”) que a veces pueden resultar un tanto desconcertantes. El sonido en general es crudo, envuelto en ruido y estridencias, sorprende que en algunos casos incluso se han dejado sin limpiar errores de ejecución que surgen en la grabación de forma espontánea que, aun a riesgo de infligir a la obra un carácter “aficionado”, aportan la realidad sin adulterar del paso por las calles de la ciudad que no aparece en las guías turísticas y no se adorna para ser visitada.

Los artífices que han construido todo el conjunto son: en primer lugar, el propio Javier Bravo Lahoz, que toca las guitarras acústicas como es ya habitual, y esta vez también se ha atrevido con la eléctrica, baterías y armónica; Antonio Horrillo que aporta guitarras, baterías y la parte electrónica, además de algunas voces intensas que acompañan palmas y golpes en “Síndrome de Adivino”; y Gustavo Yuste que vuelve a colaborar y esta vez con mayor presencia de guitarras. Participa esta vez en la parte musical Carmen González (que viene siendo la responsable de la parte visual del proyecto) con los coros en el tema “muy aburrido” un respiro minimalista y Lo-Fi que podría recordar a Sparklehorse.

Estamos pues ante una obra que transita diferentes mundos, relacionados entre ellos por estrechos callejones en cuyas paredes diferentes personajes han escrito (o pintado) mensajes con diferentes colores, callejones que dan a otros callejones o que, a través de las calles de polígonos industriales, salen a campo abierto a las afueras de la ciudad, mostrando un cielo vacío, sin más luz que el anaranjado resplandor de las farolas sobre los descampados, escenario de desventuras de vidas normales en sitios demasiado normales, de los que no se puede escapar.