Hay músicos que pasan una vida entera persiguiendo una idea. Otros pasan décadas sobreviviendo a ella. Carlos Gardellini pertenece a una categoría más extraña: la de quienes, después de haber recorrido medio siglo de escenarios, todavía sienten la necesidad de empezar de nuevo.
A los 62 años, el histórico guitarrista de Vox Dei no está buscando homenajes, ni despedidas elegantes, ni el refugio cómodo de la nostalgia. Todo lo contrario. Con Carlos Gardellini Trío, su nuevo proyecto junto al bajista Sergio Contreras y el baterista “Fati” Dacal, el músico vuelve a una de las configuraciones más primitivas y desafiantes del rock: tres personas, amplificadores encendidos y una colección de canciones dispuestas a demostrar que todavía tienen algo que decir.
En tiempos donde gran parte de la música parece diseñada para sobrevivir apenas unas horas en el algoritmo, la decisión de Gardellini tiene algo de gesto contracultural. Volver al formato de trío no responde a una moda ni a una estrategia comercial. Es una necesidad artística que venía madurando desde hace años.
Aquí no hay empleados ni músicos de acompañamiento. Hay una banda.
Después de experiencias fundamentales como El Triángulo, Primera Junta y, por supuesto, sus extensas etapas junto a Vox Dei, el guitarrista acumuló un repertorio propio que necesitaba encontrar una nueva forma de respirarse sobre el escenario. No se trataba simplemente de tocar canciones viejas. Se trataba de recuperar una dinámica.
Y esa dinámica apareció cuando conoció a Sergio Contreras y a “Fati” Dacal. La química fue inmediata. Pero más importante aún fue la filosofía detrás del proyecto. Aunque la banda lleve su nombre, Gardellini insiste en una idea que parece cada vez más rara dentro de la industria musical: la horizontalidad.
La diferencia puede parecer menor, pero se escucha. En las canciones hay espacio para el intercambio, para la improvisación y para ese lenguaje silencioso que sólo aparece cuando tres músicos dejan de pensar en jerarquías y comienzan a escucharse entre sí.
Ese espíritu quedó plasmado en el primer material de estudio que el trío acaba de presentar junto al sello Fonocal. Son tres canciones que funcionan como carta de presentación y declaración de principios al mismo tiempo.
La más llamativa es “El Rompededos”, composición creada junto a Simón Quiroga y Beto Ceriotti. El tema no sólo exhibe la potencia clásica del rock de guitarras, sino que además rompe deliberadamente algunas reglas del formato. Lejos de la austeridad habitual de los tríos tradicionales, la banda incorpora arreglos de saxo y trompeta que expanden el paisaje sonoro sin perder intensidad.
Completan el lanzamiento “Mal Momento” y “Cuando quieras”, dos piezas inéditas que muestran a un Gardellini conectado con el presente, evitando caer en la repetición de fórmulas que podrían resultarle cómodas después de tantos años de carrera.
La sensación es que el proyecto recién está empezando a encontrar su forma definitiva. Tras sus primeras presentaciones en Bragado, Jáuregui y la Ciudad de Buenos Aires, el grupo ya trabaja con la mirada puesta en la grabación de un álbum de larga duración.
Pero quizás lo más interesante de esta historia no esté en las canciones ni en los planes futuros.
Está en el contexto.
Hacer rock independiente en la Argentina actual exige una dosis considerable de obstinación. Los circuitos son más frágiles, los recursos más escasos y las condiciones para desarrollar una carrera musical parecen cada vez más adversas. Gardellini lo sabe mejor que nadie. Sin embargo, lejos del desencanto, elige seguir apostando.
Hay algo profundamente humano en esa decisión.
Después de décadas de escenarios, kilómetros y discos, podría conformarse con mirar hacia atrás. En cambio, sigue mirando hacia adelante. Sigue pensando en giras, en rutas, en salas de ensayo y en canciones nuevas.
Carlos Gardellini Trío nace precisamente de esa convicción: la de un músico que ya vivió gran parte de la historia del rock argentino, pero que todavía encuentra motivos para escribir un capítulo más.
Y en una época donde todo parece efímero, esa persistencia tiene algo de revolución silenciosa.

